Buscando inspiración para escribir este pequeño texto sobre Casa Zoilo encontré algo inesperado. Cogí en mis manos “La terrible historia de las cosas bellas” de Katy Kelleher, ensayo que en su día me fascinó, con la idea de encontrar alguna frase inspiradora sobre el mundo de las cosas. En vez de eso, Kelleher me hizo recordar la verdadera razón por la que creé Casa Zoilo.
Ella cuenta como sufrió durante años una depresión severa y encontrar algo bello era el motivo que le hacían levantarse cada mañana. Pero no una belleza lineal y vacía, se refiere Kelleher, una belleza fascinante, que tiene su lado oscuro. En este ensayo ella escribe sobre perfumes, seda, orquídeas, vidrio, etc… objetos de gran valor pero que encierran una forma de hacer terrible y venenosa, sin la cual toda esta belleza no existiría.
Lejos de ser este pañuelo una recopilación de cosas venenosas, a través de la emoción de la autora, recordé el momento en que decidí hacerlo.
Era verano y acababa de volver de vacaciones, mi hija se iba con su padre dos semanas y yo tenía por delante un montón de tiempo para trabajar, tenía que resolver un encargo grande y aprovechar para crear algún diseño nuevo para mandar a imprenta. No había ninguna distracción en el horizonte. Estaba contenta pero al mismo tiempo me sentía angustiada por disponer de todo ese tiempo vacío que se supone que tenía que llenar de modo productivo. Entonces me pregunté, ¿y si hago el diseño que quiero hacer? no el más bonito ni el que creo que va a gustar si no el que me apetece.
Y así, empecé a juntar imágenes, porque en esta acción me distraía de la angustia y la depresión. Cuando era más joven solía hacer muchos “collage”. Recolectar cosas curiosas siempre me ha gustado y verlas juntas me produce un placer que no sé explicar muy bien.
Casa Zoilo, nombre que le puse al pañuelo, fue la ferretería que fundaron mis bisabuelos en el Barco de Valdeorras a principios de los años treinta. Habían abierto otra anteriormente en Ponferrada. Al parecer, las hojas de pedido de la primera, tenían el dibujo de un alambique. Mi bisabuelo Zoilo había sido artesano del cobre antes de montar la ferretería, hacía alambiques, cántaros y cántaras. El oficio de “potero” forma parte de los trabajos desaparecidos, como muchos otros oficios artesanos.
Yo recuerdo la ferretería por mi abuela Mercedes, los últimos años que trabajó allí, antes de que vendieran el edificio y lo derribaran. Era un lugar de los que hoy a penas quedan. Los que quedan en pie y han tenido más suerte, se han convertido en bares que usan esta pátina antigua como reclamo turístico.
Quizás este placer de ver muchas cosas juntas sea el mismo que se siente al entrar en una ferretería o una mercería. Objetos, piezas o herramientas conversan entre sí creando armonías inesperadas como en los motivos de Casa Zoilo, donde el significado lo va construyendo uno mismo a medida que avanza por él a través de los fragmentos que en el fondo no son más que hojas de pedido, conchas, recortes de bocetos, texturas, flores prensadas, papeles, dibujos atesorados, descartes, etc.
El pañuelo Casa Zoilo está disponible en la tienda online en un solo tamaño de 70x70cm en twill de seda.